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Pintando entre playas se gana la vida, bajo la sombra de un almendro

por informador

LA PLAYITA, SAMANA.-Sus manos pelan un coco con la misma habilidad con que dibujan y pintan un cuadro, donde  recoge un hermoso paisaje de la zona. Con colores intensos y otras veces opacos, Delvis captura momentos diversos de un amanecer, un atardecer o un medio día cualquiera  en las playas de Samaná.

Cobijado por un frondoso almendro y unas que otras matas de uvas, este “pintor de playa” ha hecho allí un nido para el arte.  En la arena coloca sus cuadros, que exhibe para la venta, pero también tiene ubicado el caballete donde deja correr la imaginación, capturada por sus manos, que luego  se plasma en el lienzo.

Esa tarea de pintar la comparte con la vigilancia de las sillas o “chairlong” colocadas  como negocio de alquiler para el descanso de visitantes, y  con la venta de cocos, que queda a su cargo cuando don Pai, sale, un señor de edad con quien comparte el espacio en uno de los extremos de La Playita, uno de los atractivos turísticos más visitados por nacionales y extranjeros en la provincia de Samaná, al Noroeste de República Dominicana.

Con timidez, escasez de palabras  y entusiasmo,  Delvis Cabrera, de 38 años,  contó su historia para los lectores del Informadorrd.com.
Narra que aunque nació en Samaná, desde muy niño vivió en Bávaro, otra zona turística dominicana ubicada al Este del país, donde pasaba los días mirando el trabajo que hacían los pintores de la zona. Así aprendió a dibujar paisajes a lápiz que luego complementa con acrílicos.

“Yo empecé en esto desde menorcito, desde los 14 años. Yo veía los pintores frente a mi casa, por lo que siempre iba donde estaban ellos a mirarlos”.

Entre los paisajes que pinta, se destaca La marina, La Playa, el Cayito, todos alusivos a la zona turística de la provincia. Hace poco que dejó Bávaro, donde desplazaba su pincel en el lienso como asalariado de otras personas, y decidió instalarse en Samaná a probar suerte de manera independiente.

Al rincón que ocupa en la playa, llega temprano, con el alba, y sale después de las seis de la tarde. “Llego temprano, limpió la playa, colocó los cuadros y empiezó a pintar”, cuenta.

En días buenos puede vender tres y cuatro cuatros, que según el tamaño y el cliente van de 30 dólares en adelante. Si es dominicano una pintura de 30 x 40 pulgadas le cuesta  1,500 pesos, y si es extranjero un poco más, dice.

Al tratarse de paisajes muy típicos quienes más compra los cuadros son los dominicanos.

Dice que desde siempre se ha mantenido de vender sus pinturas, hizo su casa, se casó y mantiene su familia, entre ellos una hija de siete años. O sea, que para Delvis, de la pintura sí se vive.

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