Santo Domingo. Con la serenidad de quien sabe que cumplió su misión, Rafael Jáquez y su inseparable compañera de vida, Nurys Castillo, anunciaron el cierre definitivo de Centro Automotriz Jáquez, un nombre que durante casi siete décadas fue sinónimo de confianza en el mundo automotriz dominicano.
El emblemático establecimiento, conocido por generaciones como “Centro Jáquez”, concluirá sus operaciones este 30 de abril de 2026, poniendo fin a una historia que no solo reparó vehículos, sino que también construyó relaciones humanas duraderas.
El sueño que nació en la frontera
La historia comenzó lejos del bullicio de la capital. Nacido en el municipio de Partido y criado en Loma de Cabrera, provincia Dajabón, don Rafael llegó a Santo Domingo con una visión clara: demostrar que en República Dominicana se podía hacer empresa con excelencia y decencia.

En 1959, abrió su primer taller en la calle Manuel Ubaldo Gómez, en Villa Juana. Era un espacio modesto, pero cargado de propósito. Desde el primer día, el joven mecánico apostó por algo poco común en la época: la honestidad como principal herramienta de trabajo.
Formación, sacrificio y visión
El deseo de superación lo llevó en 1968 a Nueva York, donde se formó en la Brooklyn High School of Automotive Trades. Sin embargo, su negocio nunca se detuvo. Mientras aprendía en el extranjero, su equipo mantuvo el taller funcionando, una señal temprana de la confianza y compromiso que marcarían la historia del Centro Jáquez.
A su regreso en 1972, trajo consigo un conocimiento innovador para el país: el dominio de las transmisiones automáticas. Ese mismo año, adquirió terrenos en la entonces naciente avenida 27 de Febrero, donde estableció un centro especializado que revolucionó el sector.
Su espíritu pionero también lo llevó a introducir la primera máquina de alineación electrónica Hunter en República Dominicana, marcando un antes y un después en la industria.
El auge de un referente nacional
Durante años, el Centro Jáquez operó en dos sedes, hasta que en 1986 el taller original cerró para dar paso a la construcción de la avenida V Centenario. Desde entonces, todas las operaciones se concentraron en la 27 de Febrero, donde el negocio alcanzó su mayor esplendor.
En su apogeo, el taller se convirtió en punto de referencia para toda la sociedad dominicana. Por sus instalaciones pasaron desde ciudadanos comunes hasta reconocidas figuras del ámbito social, muchos de los cuales dejaron de ser clientes para convertirse en amigos.
Pero más allá de la tecnología o el crecimiento, el verdadero valor del Centro Jáquez fue intangible: la confianza. Una confianza construida día a día, sin atajos, con una ética inquebrantable.
Una familia más allá del negocio
A lo largo de 67 años, el Centro Jáquez no solo atendió vehículos, sino que también formó una comunidad. Clientes que regresaban generación tras generación, y empleados que dedicaron 30 y hasta 40 años de sus vidas al taller.
Don Rafael y doña Nurys reconocen que ese fue el verdadero motor del negocio.
“Nada de esto hubiera sido posible sin ustedes”, expresaron, al agradecer a quienes confiaron en su trabajo durante décadas.
Ese agradecimiento se extiende de manera especial a su equipo, al que consideran parte de su familia. Su lealtad y compromiso fueron clave para construir una reputación que trascendió el tiempo.
El legado
Hoy, a sus 89 años, don Rafael mira hacia atrás con la satisfacción del deber cumplido. Para él, el mayor logro no fue dominar la mecánica ni introducir tecnología de punta, sino haber construido relaciones humanas basadas en el respeto y la honestidad.
“Más allá de los avances técnicos, nuestro mayor legado es haberles dejado a nuestros hijos un ejemplo inquebrantable de honestidad y trabajo digno”, afirmó.
Con el cierre del Centro Automotriz Jáquez, Santo Domingo despide mucho más que un negocio. Se despide de una institución que marcó época, que acompañó a generaciones y que demostró que el éxito también puede medirse en confianza.
Las puertas se cierran, pero la huella permanece. Una huella que no se borra con el paso del tiempo, porque fue construida sobre una premisa simple y poderosa: honestidad y trabajo digno.

