Aparecen con frecuencia hombres que llevan meses sin dormir bien, que trabajan doce horas, que van al gym a las seis de la mañana, que tienen el calendario lleno hasta el viernes de la semana que viene… y que cuando les preguntas cómo están, responden: “ocupado, pero bien»
La afirmación la hace la psicóloga clínica Laura Flórez quien agrega que cuando dicen esto, muchas veces es verdad, no están mintiendo. No necesariamente están deprimidos ni tienen un problema evidente. Pero en ocasiones, cuando empezamos a profundizar, aparece otra cosa.
“Muchos hombres han convertido la actividad en su principal mecanismo de defensa emocional. No porque sean workaholics en el sentido clásico, ni porque no tengan vida interior. Sino porque aprendieron temprano que sentir cuesta caro y que moverse siempre es más seguro que detenerse”, explica la terapeuta que consulta en el Centro Vida y Familia.
“La hiperactividad no siempre nace del entusiasmo. A veces nace del miedo: a la quietud, al vacío, a las preguntas que aparecen cuando por fin no hay nada que hacer como por ejemplo ¿estoy bien en mi relación? ¿esto que hago tiene sentido? ¿por qué me siento solo aunque esté rodeado de gente?”, dijo.
Flórez explica que el trabajo, el gimnasio, el fútbol, las pantallas: todos pueden ser fuentes de disfrute genuino. Pero cuando se usan como anestesia emocional se convierten en algo distinto, en una forma de no mirar hacia dentro.
“Por qué le pasa más a los hombres?
La experta detalla que muchas veces esto no ocurre porque los hombres “no tengan emociones” ni porque sean menos sensibles y tiene más que ver con el aprendizaje. Muy a menudo, a los niños se les enseña que las emociones son una debilidad. Que los hombres resuelven, no sienten. Que el dolor se aguanta y la tristeza se transforma en productividad.
“Décadas después, muchos hombres adultos tienen una relación casi inexistente con su mundo interno. No saben que están ansiosos o tristes. Y en psicología existe un concepto relacionado con esto: la alexitimia. La dificultad para identificar y describir las propias emociones. Y es mucho más prevalente en hombres”.
Concluye que el síndrome del hombre ocupado no solo afecta a quien lo vive. Afecta a sus parejas, que sienten que compiten con una agenda, a sus hijos, que aprenden que papá siempre está, pero nunca está del todo y a su propio cuerpo, que un día sale en forma de insomnio, tensión crónica o una enfermedad que obliga a parar.
“Y no se trata de dejar de producir, de entrenar menos o de abandonar proyectos, sino de poder hacerse una pregunta incómoda de vez en cuando: ¿estoy haciendo todo esto porque me llena o porque me ayuda a no parar? No siempre habrá una respuesta inmediata.
Pero empezar a hacerse la pregunta ya puede ser el inicio de una vida que no necesite tanto ruido para tener sentido”, afirmó la profesional.
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