Desde que empezó a trabajar como secretario general de la OTAN hace casi dos años, Mark Rutte ha dedicado gran parte de su tiempo a intentar mantener a Estados Unidos anclado a la mayor alianza militar del mundo, recurriendo directamente a los halagos a para disuadir al presidente estadounidense Donald Trump de cumplir sus amenazas de abandonarla.
Pero los objetivos no paran de cambiar, lo que aumenta el desafío de cara a la cumbre de esta semana en Turquía.
Al principio, se trataba de dinero. Trump lleva mucho tiempo arremetiendo contra los aliados de la OTAN por destinar una fracción demasiado pequeña de sus presupuestos nacionales a la defensa. Pero esos problemas se abordaron en su cumbre del año pasado, cuando los aliados de Estados Unidos se comprometieron a invertir tanto como Estados Unidos, en términos de producto interno bruto.
El verdadero problema de la OTAN ahora es convertir ese dinero en capacidades militares, en particular ante la preocupación entre los países europeos por un posible ataque de Rusia.
Aun así, Rutte intentó zanjar cualquier inquietud persistente en una reunión en la Casa Blanca el mes pasado, con una nueva presentación que utilizó un gráfico rotulado “El trillón de Trump” en letras doradas, que mostraba 1,2 billones de dólares en gasto de los aliados europeos y Canadá desde 2017.
Pero Trump pareció no inmutarse y afirmó que seguía decepcionado por la negativa de algunos aliados de la OTAN a sumarse a la guerra con Irán, que él inició junto con Israel sin consultarlos.
“No necesitamos su dinero; no necesitamos nada. Sólo quiero lealtad”, dijo Trump.
Trump sugirió que quizá ni siquiera habría asistido a la próxima cumbre si no la organizara el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan. Es una señal de que incluso Erdogan y Rutte —líderes extranjeros a los que Trump parece tener en una estima poco habitual— tendrán mucho trabajo por delante para mantener la cumbre encarrilada.
Históricamente, las principales tareas del máximo funcionario civil de la OTAN —siempre un europeo, nunca un estadounidense— han sido fomentar el consenso en una organización que toma sus decisiones por unanimidad y hablar en nombre de los 32 países miembros.
Pero durante ambos mandatos de Trump, Rutte y su predecesor al frente de la OTAN, Jens Stoltenberg, han dedicado una enorme cantidad de energía simplemente a mantener a Estados Unidos dentro de la alianza.
Trump ha amenazado con abandonar la OTAN, ha coqueteado con retirar tropas estadounidenses de Europa y ha prometido apoderarse de la isla de Groenlandia, una parte semiautónoma de la aliada Dinamarca. También ha puesto en duda si defendería a otro miembro que no gaste lo suficiente en sus fuerzas armadas, lo que ha erosionado la confianza.
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La estrategia de Rutte ha estado cargada de halagos. La presentación cuidadosamente coreografiada del mes pasado en la Oficina Oval —con elementos que evocaban una bandera estadounidense— marcó un nuevo listón, incluso para un hombre muy criticado por comparar a Trump con un “papá”.
Los gráficos mostraban que se estaban creando decenas de miles de empleos en Estados Unidos y que había una cartera de pedidos de 300.000 millones de dólares en encargos europeos de equipo militar, todo gracias al “líder del mundo libre”, sostuvo Rutte.
Rebatió, con suavidad, las quejas de Trump de que la OTAN no apoyó a Estados Unidos contra Irán, al señalar que hasta 5.000 aviones estadounidenses despegaron de bases en Europa antes de un alto el fuego en abril.
La OTAN no puede funcionar sin su aliado más grande y poderoso. Se empuja a Europa a valerse por sí misma justo cuando Rusia, la razón histórica de la alianza, representa una amenaza mayor
El mes pasado, el Pentágono sorprendió a sus aliados de la OTAN al anunciar que reduciría la cantidad de tropas, buques de guerra, aeronaves y drones que aportaría si alguno de ellos fuera atacado. Trump también ha hecho comentarios contradictorios sobre si el número de tropas estadounidenses se reduciría o aumentaría.
AP
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